jueves, 31 de octubre de 2019

El esclavo que salvó a un país de la viruela

En el siglo XVIII se diseminó una enfermedad particularmente devastadora que mataba una de cada tres personas infectadas: la viruela. Las desafortunadas víctimas morían a los pocos días o semanas tras la contaminación, y el virus era completamente distinto a la forma en que las personas entendían las epidemias.
campaña de vacunacion
Antigua campaña de vacunación contra la viruela.

La viruela durante la época colonial en Estados Unidos.

A diferencia de lo que sucedió con la peste bubónica y las ratas, la viruela no requería de un portador y pasaba de un individuo a otro. La enfermedad tampoco discriminaba, afligía por igual a hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, débiles y fuertes, blancos y negros. Algunas estimaciones sugieren que, en los siglos posteriores a la colonización europea, la viruela fue responsable por reducir la población nativa de América en más del 50%.
En aquella época, los humanos poco podían hacer para combatir la mortal enfermedad. Una de las opciones más socorridas fue la sangría, técnica en la que la medicina del siglo XVIII puso demasiada confianza. Por eso, generalmente se enfocaban en sobrellevar los síntomas.
viruela
Desde hacía mucho tiempo se practicaba una tradición médica que realmente parecía funcionar; sin embargo, el gran problema era convencer a la gente occidental de su efectividad. Aunque en algunas regiones de Asia y la mayor parte de Medio Oriente la inoculación era de conocimiento común, fue ampliamente desestimada en América.
De hecho, la inoculación era practicada casi de forma exclusiva por los esclavos, cuya credibilidad para la comunidad médica occidental de aquella época no tenía importancia alguna. En esencia, consideraban que las sangrías eran la mejor opción y las vacunas sólo eran para los tontos.

Onesimus, Cotton Mather y el brote de viruela en Boston.

Sin embargo, aquellas viejas creencias terminarían cambiando definitivamente 1721, durante un brote de viruela particularmente aterrador en Boston, Massachusetts, Estados Unidos. En ese entonces un reconocido hombre de ciencia llamado Cotton Mather, famoso por su participación en los infames juicios de Salem, vivía en la ciudad y tenía la propiedad de un esclavo africano llamado Onesimus. Este esclavo sería quien explicaría el concepto de inoculación a Mather, como quedó de manifiesto en una carta que envió el científico a John Woodward.
Cotton Mather
Cotton Mather
«[Le pregunté] si [Onesimus] alguna vez padeció viruela. Respondió que sí y no. Después, me contó que se había sometido a una operación en la que le habían dado un poco de viruela, protegiéndolo para siempre de la enfermedad. Me describió esta operación, así como la cicatriz que había dejado en su brazo. Y la descripción fue similar a lo que sucedió entre tú y Timonius».
Cuando Mather empezó a aplicar esta técnica y recomendarla a otros, la comunidad médica occidental se mostró indignada ante esta práctica que hoy es totalmente aceptada. Periódicos como The New England Courant publicaron cartas dirigidas al editor con puntos de vista de ambos bandos. Los que se oponían a la inoculación no tenían reparo en mostrar una desconfianza vehemente al método, haciendo énfasis en la lógica de infectar un cuerpo sano con la enfermedad, sin importar lo tenue que resultara el brote.
A los médicos se les acusó de ocultar las muertes relacionadas con estas inoculaciones. Uno llegó a afirmar que un médico había dirigido una carta a la Royal Society afirmando que había atestiguado la muerte de dos personas inoculadas, pero al mismo tiempo, insinuaba que murieron por alguna especie de moquillo.

De la inoculación a la vacunación.

Aunque estas preocupaciones parecían conspiranoicas, es importante hacer notar la diferencia entre la inoculación de esa época y la técnica de vacunación que desarrolló Edward Jenner a fines de la década de 1790, un método mucho más seguro. Durante la inoculación se inyectaba en el brazo a una persona sana con una pequeña cantidad del virus de la viruela, mientras que durante la vacunación se le infectaba con un virus similar pero mucho menos letal (viruela bovina), lo que obligaba al sistema inmunitario a adaptarse.
Edward Jenner
Escultura en honor a Edward Jenner.
Puede que no lo parezca, pero la diferencia entre las técnicas es significativa pues, si bien es cierto que la propagación accidental de la viruela bovina en última instancia terminaría beneficiando a la población, las personas inoculadas con viruela tenían capacidad de infectar a otros días después de la operación. De hecho, muchos detractores mostraban preocupación por si la inoculación controlaría o ayudaría a propagar la enfermedad.
Sin embargo, con todo y sus defectos el método fue lo más efectivo de lo que disponían las colonias para hacer frente al virus.

La viruela amenaza la independencia estadounidense.

Podría decirse que la inoculación tuvo mucho que ver con el hecho de que Estados Unidos se independizara. Durante la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, más soldados coloniales murieron de viruela que al luchar contra el ejército británico. Sin duda, la viruela era la mayor amenaza existencial que enfrentaba el Ejército Continental.
campaña a favor de la vacunacion contra la viruela
El marqués de La Fayette, un rebelde en toda la extensión de la palabra, se había inoculado ilegalmente el virus antes de dejar Francia. Al igual que sucedió con Cotton Mather, la privilegiada posición de este sujeto legitimó su testimonio de éxito sobre la práctica ante los americanos blancos.
Particularmente con su padre «adoptivo», George Washington, que inicialmente se opuso la idea, pero terminó inoculando a todo su ejército en 1777. Washington había adquirido inmunidad contra la enfermedad pues contrajo viruela cuando era pequeño, y sobrevivió. Con la inoculación aplicada de forma correcta, los índices de mortalidad cayeron al 2%.

El legado de Onesimus.

esclavos
Sin lugar a dudas, la inoculación salvó miles de vidas, sobre todo en esta época y en los Estados Unidos. Desafortunadamente, los registros históricos oficiales sobre la epidemia de viruela en Boston destacan el nombre de Cotton Mather. Aunque la única información disponible sobre Onesimus provenga de unas cuantas menciones en el diario de Mather, creemos justo darle el crédito por su inestimable contribución a la disciplina médica en la época colonial.
Deberíamos agradecer al buen Onesimus, el hombre que trajo la inoculación a Occidente y salvó miles de vidas de una catástrofe dantesca.